miércoles, 2 de julio de 2008

LO QUE PODREMOS SENTIR EN UNOS POCOS DIAS MAS

EL FIN ESTA CERCA............. ESPERO QUE NO SEA ASI

EXEQUIEL CALEB OLIVARES




El color del fin del mundo.
No lo quiero creer. Acabo de verlo en la tele del salón. El puto fin del mundo. Algo salió mal al norte, en un sitio llamado CERN y el horror se expande por el resto del planeta. La imagen del presidente ha aparecido brevemente, rogando que elijamos el modo de morir que más nos plazca, si no queremos que nos coja. Nos ha dado diez minutos, y se le nota nervioso. Mi madre rompe a llorar en pleno ataque de histeria, y mi padre jura y se desgañita intentando hacer funcionar el teléfono. Yo, por mi parte, estoy paralizado y no me lo he hecho encima de milagro.Gritos, golpes. ¡Los vecinos! Mi padre habla con ellos.

Mientras algunos pierden los nervios, otros discuten sobre la veracidad del mensaje del presidente. Uno sugiere que lo que realmente quiere es que casi todos nos suicidemos, como nuevo punto de partida para la especie humana. Lo cierto es que en los últimos años el pánico por el cambio climático en los medios fue desplazado por el del crecimiento demográfico. Veinticinco mil millones de almas secando el planeta. Tenía sentido. ¿Por qué si no iba a pedir el presidente que nos suicidáramos en vez de esperar la muerte? Como si siguiera mis pensamientos, el del segundo derecha observó que el presi ni siquiera se había molestado en explicar qué nos iba a matar. ¿Ondas? ¿Tsunamis gigantes? ¿Gases? ¿Sería de repente o poco a poco? Mi corazón comienza a latir más pausadamente.

Si bien el miedo al apocalipsis aún me carcome, hay algo de esperanza. Incluso un pensamiento trivial acaba de pasar por mi mente; siempre pensé que el fin del mundo tendría un color que lo llenaría todo. Por ejemplo azul para los maremotos, o naranja para los terremotos que saquen de la tierra el fuego que lleva dentro. Por eso siempre me fastidiaron esas películas apocalípticas en las que el fin era invisible: virus, radiaciones...Oímos disparos desde el piso de abajo y la discusión fue de nuevo substituida por gritos de histeria. Mi padre y otros acordaron ir tocando en las puertas para evitar que más gente se matara. Dios mío, hace unos minutos estaba viendo un programa de televisión. La sien me late con violencia y estoy algo mareado. Me siento de nuevo con piernas temblorosas, tamborileando con mis dedos el brazo del sillón. Inevitablemente mis ojos se van al balcón, pues da al mar y al horizonte: si fuera verdad que algo nos va a matar lo veríamos llegar.Mi padre nos tranquiliza a mí y a mi madre diciendo que no iba a pasar nada, pero le sigo notando nervioso. Pasamos el tiempo abrazados, oyendo a los vecinos hablar afuera. Alguno aún no se cree la versión de la conspiración, e insiste en regresar a su vivienda para morir dignamente. Las primeras risas suenan con el pasar de los minutos. Nada ocurre, todos nos sentimos bien. Las calles comienzan a llenarse de gente dándose abrazos de júbilo, unos maldiciendo para bien y otros en pleno éxtasis religioso. No sabría calcular si ya han transcurrido los minutos que el presidente nos dio, pero termino cediendo a la alegría general, llorando de felicidad con mis padres en el balcón y acompañando con nuestros gritos a los que estaban en la calzada.Sin embargo regreso al salón porque el maldito presidente no cierra el pico, el mensaje se repite una y otra vez. Entonces reparo en un detalle que había pasado por alto: junto a él hay un bolígrafo suspendido en el aire, sólo unos centímetros.

En un gesto apenas imperceptible, lo aprieta contra la mesa con su mano. Lo hace en todas las repeticiones del vídeo y la verdad no lo entiendo exactamente.Pero mi pequeño entretenimiento se acaba de pronto al percibir que los gritos han pasado del júbilo al pánico irracional y desmedido. Corriendo al balcón mientras oigo a mis padres unirse también a esos gritos descubro lo que ocurre. El horizonte se desvanece. El cielo pierde su color allá y esa difuminación se va acercando. Si algún lado de mi cerebro aún se resiste a la evidencia ha dejado de hacerlo en cuanto el suelo ha comenzado a temblar. Dios mío. Es real. Nubes de vapor surgen con violencia y se acercan, en una titánica tormenta eléctrica que lo ilumina todo.

Pese a estar casi hipnotizado con el panorama, noto que mis padres no están a mi lado, y tras echar un vistazo al salón, veo a mi padre asomando por la cocina, pidiéndome acudir con urgencia. Se ve parcialmente su mano tras el pantalón, agarrando un cuchillo que gotea algo oscuro. No oigo a mi madre. Le miro a los ojos, y él niega con la cabeza. LLorando, y recordando escenas de derrota de algunas películas de época, cierro la puerta del balcón y le paso el seguro con rapidez. Me seco lentamente las lágrimas y apoyo el cuerpo en los brazos, sobre la barandilla, contemplando el fin del mundo. Ya sólo me queda ver su color. En la calle algunos siguen gritando en el suelo, sentados, seguramente porque el pánico les impide caminar.

Otros han quitado la tapa a la alcantarilla, y descienden gritando al resto que les acompañen, que tal vez abajo tendrán refugio.Descubro entonces algo totalmente anómalo. Con la destrucción a mitad de camino vislumbro algo al fondo, cuando parecía que no dejaba nada tras de sí. Las cosas no están desapareciendo. ¡Están hundiéndose! El horizonte se está... curvando. Sí, eso es. Da la impresión de que el mundo se esté colapsando sobre sí mismo, como si fuera una enorme cama elástica en la que alguien cayera indefinidamente de un gran salto. Joder... estoy notando la succión y me agarro con fuerza a la baranda intentando aliviar también el temblor de piernas. Las rodillas se me flexionan solas. Sé que es en vano, pero lo intento. Oigo roturas y explosiones lejanas, un montón de polvo se está arrastrando hacia la nada llevándose los coches hacia el mar ya inexistente.Debido al pánico, mis músculos flojean unos instantes.

Es suficiente, salgo volando sin conseguir volver a agarrarme. Pero obtengo una nueva perspectiva mientras me acerco a la cada vez más grande nada. No sé si debí dejar que mi padre me... Esto no parece tan desagradable.

Estoy volando, aunque ahora hace mucho, mucho frío. Pienso en el detalle del bolígrafo del presidente y ahora caigo. Ahora caigo, pero no le odio. Espero que tenga suerte. Hace demasiado frío y el mundo es un remolino. Pero he permanecido consciente el tiempo suficiente para verlo.
No quedan colores en el fin del mundo.
GRACIAS

No hay comentarios: